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Los adolescentes de EE.UU. recurren a la IA para sus tareas. Eso debería preocuparnos a todos

Los adolescentes de EE.UU. recurren a la IA para sus tareas. Eso debería preocuparnos a todos

Unsplash/Solen Feyissa

Cuando el Pew Research Center publicó su estudio de febrero de 2026 sobre cómo los adolescentes estadounidenses utilizan la inteligencia artificial (IA), los hallazgos tuvieron el peso silencioso de algo que se sospechaba desde hace tiempo, pero que aún no se había medido.

La mayoría de los adolescentes estadounidenses ya utilizan chatbots de IA, y más de la mitad informa que los usa para sus tareas escolares. Uno de cada 10 afirma que la IA se encarga de “todas o la mayoría” de sus tareas. Casi una cuarta parte se apoya en ella para al menos una parte de su trabajo.

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Lea esas cifras de nuevo. La mayoría de los adolescentes no ve ningún problema en esto.

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El cincuenta y siete por ciento utiliza chatbots para buscar información; el 54 % los usa para obtener ayuda con las tareas. Muchos recurren a estas herramientas para investigar temas, resolver problemas matemáticos o pulir sus escritos. Una proporción menor, pero notable, va más allá, utilizando los chatbots para conversaciones casuales o incluso como guía emocional. Lo que me sorprende de los datos de Pew no son solo las altas cifras, sino la ausencia de preocupación entre los propios estudiantes. Consideran que estas herramientas son útiles, incluso ventajosas, para el futuro. Cuando una generación no puede reconocer un problema, el problema ya está bien establecido.

En mi libro *AI for Mankind’s Future*, sostengo que la inteligencia artificial puede servir a la educación de manera poderosa, pero solo cuando los estudiantes mantienen el control. La IA puede reducir la carga cognitiva, ayudar en la investigación y personalizar la enseñanza. El peligro surge cuando se convierte en la opción por defecto, cuando un estudiante recurre al chatbot antes de reflexionar sobre el problema. Cada vez que eso ocurre, el músculo mental necesario para el juicio independiente se debilita un poco más. Los educadores llaman a esto metacognición, la capacidad de pensar sobre el propio pensamiento, y es precisamente lo que las tareas están diseñadas para desarrollar.

Las tareas no son un mero trabajo para mantenerse ocupado. Redactar ensayos agudiza el pensamiento. Resolver problemas matemáticos desarrolla la disciplina lógica. Investigar un tema enseña discernimiento: sopesar fuentes, evaluar pruebas y formar conclusiones propias. Cuando un algoritmo realiza esas funciones en nombre de un estudiante, no estamos ahorrando tiempo, sino saltándonos el entrenamiento. Podríamos estar produciendo una generación que posee credenciales sin haber desarrollado el juicio que se supone que esas credenciales representan.

Esa brecha importa mucho más allá de cualquier aula. En mi próximo libro, *The New AI Cold War*, argumento que la fortaleza nacional en la era de la IA no se determinará únicamente por los chips o los centros de datos, sino por el capital humano. La nación que desarrolle a las personas más adaptables, disciplinadas y con fundamentos éticos sólidos tendrá la ventaja estratégica. Desde esa perspectiva, la política educativa es política de seguridad nacional. Una fuerza laboral estadounidense que no puede pensar de forma independiente cuando los sistemas fallan —o cuando la información que recibe ha sido manipulada— no es solo menos competitiva; es una vulnerabilidad estratégica.

La dimensión personal de los datos de Pew puede ser la más inquietante. Cuando los adolescentes recurren a la IA para obtener orientación emocional o una conversación moral, algo importante está siendo desplazado. La adolescencia es la etapa en la que los jóvenes desarrollan su sentido de en quién confiar, cómo razonar sobre el bien y el mal, y en qué creen. Los sistemas de IA, por muy sofisticados que sean, no son mentores. No modelan el carácter ni comparten experiencias adquiridas con esfuerzo. Producen respuestas basadas en datos sin un marco moral coherente. Un adolescente que trata a un chatbot como un confidente no solo está recibiendo malos consejos, sino que está siendo formado silenciosamente por un sistema diseñado por personas que pueden no compartir sus valores o su fe. La inteligencia artificial no es neutral. Conlleva supuestos integrados en su diseño. Los usuarios jóvenes asimilan esos supuestos sin saberlo.

Nada de esto aboga por prohibir estas herramientas. Aboga por que los adultos tomen el control.

Los padres deben saber qué herramientas de IA utilizan sus hijos y establecer un principio claro en el hogar: luchar primero con el problema, usar la IA para recibir retroalimentación después y siempre revelar su uso. Las cuestiones emocionales y morales deben quedar en manos de las personas que conocen y aman al niño. Las conversaciones familiares regulares sobre cómo se usó la IA, si apoyó el aprendizaje genuino o simplemente reemplazó el esfuerzo, pueden crear conciencia antes de que se afiance una dependencia silenciosa.

Las escuelas deben avanzar hacia evaluaciones que no puedan ser simplemente externalizadas: redacciones en clase, explicaciones orales del trabajo del estudiante, calificaciones basadas en el proceso que muestren cómo un estudiante llegó a una respuesta, no solo la respuesta en sí. Los requisitos claros de divulgación refuerzan la integridad que hace que una educación valga la pena. Los maestros necesitan formación tanto como los estudiantes; que la IA reduzca o amplíe la desigualdad dependerá en gran medida de si las escuelas con pocos recursos reciben el apoyo adecuado o si se les deja simplemente absorber las consecuencias.

A nivel de políticas, Washington debería tratar la alfabetización en IA como una auténtica prioridad nacional, con protecciones de privacidad para menores, requisitos de transparencia para las plataformas dirigidas a los jóvenes e inversión en la formación de educadores. Una generación condicionada a aceptar resúmenes generados por IA sin escrutinio también resultará más susceptible a los medios sintéticos y a la manipulación estratégica, lo que hace que la resiliencia cívica no sea una preocupación menor, sino una de primer orden.

Las civilizaciones nunca han decaído por escasez de herramientas. Han decaído cuando han dejado de exigir que su gente aprenda a pensar.

La cuestión que tenemos ante nosotros no es si nuestros hijos crecerán junto a la IA —ya lo están haciendo—. La cuestión es si pretendemos criar pensadores o si nos dejaremos llevar y criaremos personas que simplemente han aprendido a dar instrucciones a una máquina.

Publicado originalmente en The Washington Stand.

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