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Once años después de Obergefell, estamos haciendo la pregunta correcta

Once años después de Obergefell, estamos haciendo la pregunta correcta

La Corte Suprema de EE. UU. en Washington, D.C., en septiembre de 2024. | | Getty Images

Este mes se cumple el undécimo aniversario de la decisión de la Corte Suprema de Estados Unidos en el caso Obergefell v. Hodges. Durante años, cuestionar ese fallo fue considerado inaceptable. Pero algo ha cambiado.

Una nueva encuesta de Gallup muestra que el apoyo al matrimonio entre personas del mismo sexo ha caído de su punto más alto, un 71 %, al 65 %. El apoyo a la aceptación moral de las relaciones entre personas del mismo sexo ha descendido a su nivel más bajo en una década, y el respaldo a la llamada transición de género también ha disminuido de manera significativa en todos los grupos políticos. Gallup describe este fenómeno como la primera caída sostenida en el apoyo a las causas LGBT después de décadas de crecimiento.

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Ese cambio merece nuestra atención. No porque los estadounidenses se hayan vuelto menos compasivos, sino porque muchos están reconsiderando una pregunta que durante mucho tiempo casi no se permitía hacer: ¿Qué consecuencias ha tenido para nuestra sociedad la redefinición del matrimonio?

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Durante años, los defensores del matrimonio entre personas del mismo sexo insistieron en que el debate consistía únicamente en permitir que dos adultos que se aman pudieran contraer un compromiso permanente. Muchos estadounidenses, incluidos numerosos conservadores, aceptaron ese argumento porque querían que sus amigos, vecinos, compañeros de trabajo y familiares homosexuales fueran tratados con dignidad y respeto.

Yo también.

Rechazar la redefinición del matrimonio no es lo mismo que rechazar a las personas.

A los estadounidenses se les presentó una falsa disyuntiva: si no afirmabas el matrimonio entre personas del mismo sexo, entonces odiabas a las personas homosexuales. Eso nunca fue cierto. Es posible apreciar profundamente a nuestros amigos y familiares gays y lesbianas, y al mismo tiempo creer que el matrimonio existe para un propósito mucho mayor que la satisfacción de los deseos de los adultos.

Once años después, resulta cada vez más difícil sostener que este debate trata únicamente de los deseos de los adultos.

Como observó recientemente la defensora de los derechos de los niños Katy Faust: «Los republicanos no tienen ningún interés en perseguir a sus amigos y familiares homosexuales. Lo que rechazan es la idea de que la igualdad entre adultos exija que los niños pierdan a su madre o a su padre. Y después de una década viendo las consecuencias, se ha hecho evidente que el llamado "matrimonio igualitario" nunca trató solamente de los "derechos" de los adultos. Siempre se trató de la paternidad, la maternidad y de los niños».

Esa observación ayuda a explicar por qué las actitudes están cambiando. El matrimonio nunca ha sido simplemente la unión legal de dos adultos. Sin embargo, bajo este nuevo paradigma, se ha convertido en la base para redefinir la paternidad y la maternidad.

Esta evolución es cada vez más evidente. A principios de este mes, los legisladores del estado de Nueva York aprobaron reemplazar las palabras «madre» y «padre» por «progenitor gestante» y «progenitor no gestante» en amplias secciones de la legislación familiar del estado. Una vez que el matrimonio se desvincula legalmente de la realidad de que los niños tienen una madre y un padre, es solo cuestión de tiempo para que esas palabras también desaparezcan de la ley.

Aquí, en Pensilvania, nuestra legislación todavía reconoce las palabras «madre» y «padre». Eso refleja una realidad biológica sencilla: todo niño tiene una madre y un padre.

Pero en 2025, la Corte Suprema de Pensilvania dio un paso importante en dirección contraria al reconocer la filiación basada en la intención, permitiendo que un adulto sin ninguna relación biológica con un menor obtenga plenos derechos parentales basándose principalmente en su intención y no en la biología o la adopción.

Del mismo modo, el proyecto HB 350, conocido como la Ley Uniforme de Filiación, llevaría a Pensilvania aún más lejos por ese camino. Esa legislación, que aún no ha sido considerada por el Senado estatal, busca redefinir la filiación sobre la base de las intenciones de los adultos en lugar de la realidad biológica, eliminando además salvaguardas que existen prácticamente en cualquier otra circunstancia en la que se establece una relación parental no biológica.

A diferencia de la adopción o del acogimiento familiar, el HB 350 no exigiría estudios del hogar ni verificaciones de antecedentes penales antes de otorgar derechos parentales en muchos acuerdos de gestación subrogada. Eso debería preocupar a todos los habitantes de Pensilvania, independientemente de su afiliación política o de su opinión sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo.

La pregunta central no es si todos los adultos poseen la misma dignidad. La poseen. La verdadera pregunta es si tratar a todos los adultos con dignidad y respeto exige desvincular a los niños de la relación natural que tienen con su propia madre y su propio padre.

Por supuesto, la vida muchas veces está lejos del ideal. La muerte, el abandono, el divorcio, el abuso y muchas otras tragedias hacen que innumerables niños crezcan en circunstancias que nadie habría elegido. Como sociedad debemos responder con compasión. Pero la compasión frente a situaciones dolorosas nunca debe llevarnos a redefinir aquello a lo que los niños tienen derecho por naturaleza cuando es posible protegerlo: el amor, el cuidado y la influencia tanto de su madre como de su padre.

Ese principio es más antiguo que cualquier legislatura o tribunal. Todo niño llega al mundo con una madre y un padre. Esa realidad biológica da origen a una realidad moral: siempre que sea posible, los niños tienen derecho a conocer y ser criados por ambos. Nuestras leyes deberían proteger ese derecho, no redefinir a cualquiera de los dos padres como algo opcional o intercambiable. Cuando la tragedia o el quebrantamiento hacen eso imposible, la sociedad debería procurar restaurar lo que se ha perdido, no institucionalizar deliberadamente esa pérdida.

Por eso sigue siendo importante la definición tradicional del matrimonio.

El matrimonio no es simplemente un reconocimiento legal de una relación romántica. Es la institución social que busca unir, siempre que sea posible, a los hijos con el hombre y la mujer responsables de traerlos al mundo.

Cuando el matrimonio se separa de ese propósito, la paternidad y la maternidad se vuelven negociables. La biología pasa a ser opcional. La madre y el padre se convierten en categorías intercambiables. Los niños dejan de ser sujetos de protección jurídica para convertirse en objetos de los deseos de los adultos.

Ya sea que uno comparta la cosmovisión cristiana o simplemente crea que existe una realidad objetiva independiente de nuestras preferencias, todos deberíamos reconocer que las malas ideas terminan enfrentándonos al orden natural de las cosas, produciendo consecuencias con las que ninguna sociedad puede convivir indefinidamente.

La creciente reconsideración que refleja la encuesta de Gallup no demuestra que los estadounidenses seamos menos amorosos. Simplemente demuestra que cada vez más personas están haciendo una mejor pregunta.

No: «¿Qué desean los adultos?»

Sino: «¿Qué necesitan los niños?»

Si el matrimonio existe para unir, siempre que sea posible, a los hijos con su propia madre y su propio padre, entonces nuestras leyes deberían volver a reflejar esa verdad.

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