Jesús y una vida sin pecado: una imposibilidad estadística

La fe cristiana descansa sobre tres verdades centrales: Jesús vivió una vida sin pecado, murió en la cruz por nuestros pecados y resucitó de entre los muertos. De estas verdades, la impecabilidad de Jesús es la que más a menudo pasamos por alto, quizás porque su importancia no es tan evidente como la de la cruz y la resurrección.
Una vida sin pecado también nos es completamente ajena. Entendemos la muerte y podemos imaginar lo que significaría que alguien regresara de la muerte, pero no podemos concebir una vida sin pecado porque fallamos cada día en nuestros pensamientos, palabras y obras. Es una verdad que afirmamos sin dudar, pero que rara vez examinamos con la seriedad que merece.
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Como investigador en medición psicológica, a menudo imagino cómo sería una vida sin pecado si la examináramos con las mismas herramientas que los científicos sociales y del comportamiento utilizan para estudiar la conducta humana. Imagino cómo se vería la impecabilidad si la tratáramos como una característica de la vida humana que pudiera examinarse con la misma atención disciplinada que prestamos a otras realidades del comportamiento.
La investigación moderna nos ofrece un punto de partida para comprender el enorme volumen de decisiones que las personas toman cada día, lo cual es esencial para captar la magnitud de lo que requeriría una vida sin pecado. Los científicos del comportamiento estiman que los seres humanos toman decenas de miles de decisiones diarias, y los psicólogos morales calculan que cientos de estas decisiones implican un contenido moral o prosocial. Estas estimaciones reflejan un amplio consenso en las ciencias humanas. Si elegimos la cifra más conservadora, la ciencia moderna estimaría que una persona promedio se enfrenta al menos a 100 momentos de decisión moralmente significativos cada día.
Esa cifra es importante porque cada decisión conlleva un potencial y unas consecuencias morales. La mayoría de estas elecciones son pequeñas, ocurren en rápida sucesión y pasan desapercibidas antes de que tengamos tiempo de notarlas o reflexionar sobre ellas. Para comprender la magnitud de lo que requeriría una vida sin pecado, debemos considerar cómo estos micromomentos diarios se acumulan a lo largo de toda una vida.
A modo de comparación, utilizamos 33 años porque esa es la duración de la vida terrenal de Jesús. En ese lapso, una persona toma más de 1.000.000 de decisiones moralmente relevantes. Este es el telón de fondo sobre el cual debe entenderse la afirmación de la vida sin pecado de Jesús. No es una afirmación sobre evitar un puñado de tentaciones mayores. Es una afirmación sobre superar más de 1.000.000 de micromomentos en los que la gente común y corriente falla rutinariamente.
Si tratamos cada decisión moral como un ensayo, podemos modelar la probabilidad de una vida sin pecado utilizando la teoría básica de la probabilidad.
Sea N el número de decisiones morales en una vida y p la probabilidad de cometer un pecado en un momento dado. La probabilidad de una vida sin pecado se define como (1 – p)N. Este modelo trata el pecado como cualquier elección moralmente relevante en la que una persona podría actuar en contra de la justicia perfecta, ya sea por intención, impulso, omisión o un error de juicio. Esta conclusión se basa únicamente en la suposición de que la probabilidad de pecar en un momento moralmente relevante es mayor que cero (p > 0); nada en las matemáticas presupone algo sobre la acción divina o la intervención sobrenatural. Permitir que p varíe o que los ensayos se agrupen cambia la forma de la curva, pero no el resultado. Si el fracaso es posible en algunos momentos y las oportunidades son numerosas, la probabilidad de al menos un fracaso se acerca a la certeza. Si la probabilidad de pecar en cualquier momento fuera de 1 en 10.000, entonces la probabilidad de una vida sin pecado a lo largo de 1.000.000 de momentos sería (0,9999) elevado a la potencia de 1.000.000. El resultado es un número tan pequeño que comienza con más de 40 ceros antes de llegar a un dígito distinto de cero, lo que significa que no puede ocurrir bajo supuestos humanos ordinarios.
Esa conclusión se vuelve más clara cuando comparamos la escala del modelo con algo familiar. Cada día contiene innumerables micromomentos en los que las personas toman decisiones que requieren atención, juicio, paciencia y autocontrol. La mayoría de estos momentos pasan rápidamente y sin reflexión, pero cada uno conlleva la posibilidad de fracasar. El enorme número de estos momentos es difícil de comprender en abstracto, por lo que ayuda comparar la escala del modelo con algo familiar que deje inequívocamente claros los límites de la atención humana.
Para poner esto en perspectiva, imagine intentar conducir con perfecta atención y juicio durante 33 años sin cometer un solo error. Imagine ni un solo momento de calcular mal la velocidad, señalizar tarde, desviarse de la línea central o incorporarse al tráfico demasiado pronto, todo lo cual está bajo su control directo. También tendría que responder perfectamente al comportamiento de todos los demás conductores, incluidos los que se le cruzan, los que le siguen de cerca o los que frenan bruscamente sin previo aviso. Necesitaría sortear todas las condiciones ambientales sin un solo traspié, ya sea lluvia intensa, hielo negro, niebla densa, sol cegador o la sacudida repentina de un bache que no vio venir. También necesitaría permanecer perfectamente atento en todo momento, sin importar cuánto tiempo hubiera estado conduciendo, cuántas horas hubiera dormido la noche anterior, cuánto tiempo hubiera pasado desde su última comida o cuántas llamadas o mensajes de texto hubiera recibido.
La gente no puede conducir sin fallos durante 1 hora. Jesús vivió impecablemente durante más de 190.000 horas de vigilia. Para comprender la magnitud de esa cifra, la basamos en tres supuestos conservadores.
Primero, suponemos que Jesús vivió exactamente 33 años. Segundo, suponemos que estuvo despierto 16 horas al día, lo que se encuentra en el extremo inferior del tiempo de vigilia normal de un adulto. Tercero, contamos cada hora de vigilia como una sola oportunidad moralmente relevante, aunque la investigación muestra que las personas toman muchas decisiones moralmente significativas en una sola hora. Esto significa que la estimación subestima la cifra real por un amplio margen. Basándonos en estos supuestos, Jesús vivió 12.045 días y experimentó 192.720 horas de vigilia.
Incluso si imaginamos a alguien viviendo en circunstancias muy favorables o en un entorno verdaderamente protegido, los recuentos conservadores utilizados aquí todavía subestiman el número real de momentos moralmente relevantes.
El punto fundamental sigue siendo que incluso una vida drásticamente acortada contiene más momentos moralmente relevantes de los que cualquier ser humano podría superar sin fallos.
Estas estimaciones tampoco tienen en cuenta las extraordinarias presiones morales que enfrentó Jesús. No incluyen la tentación directa que soportó en el desierto cuando Satanás lo confrontó en su momento de mayor debilidad, el escrutinio constante y las acusaciones injustas de las autoridades religiosas, o el hecho de que durante 3 años vivió en continua proximidad con otros que observaron cada una de sus acciones y cada una de sus palabras, sin importar cuán cansado, estresado o presionado por las circunstancias estuviera, y nunca identificaron un solo fallo moral. Cada una de estas presiones aumenta el número y la intensidad de los momentos moralmente relevantes, lo que significa que el modelo conservador subestima significativamente la verdadera dificultad de vivir una vida sin pecado bajo supuestos humanos ordinarios.
La ciencia rara vez demuestra algo en sentido estricto. En cambio, acumula evidencia hasta que los patrones se vuelven claros y las explicaciones contrapuestas pueden ser sopesadas. Las ciencias humanas no pueden probar la divinidad, pero pueden decirnos cuándo una vida se comporta de una manera que las vidas humanas ordinarias no lo hacen. Pueden decirnos cuándo una vida rompe los límites estadísticos del comportamiento humano y cuándo una vida revela algo que no puede explicarse solo por la naturaleza humana.
No afirmo que las matemáticas prueben la divinidad; más bien, la inverosimilitud estadística de una vida humana sin pecado bajo supuestos estrictos y conservadores es precisamente el tipo de evidencia que hace de la hipótesis de una naturaleza diferente y divina la explicación más plausible. Se convierte en el tipo de evidencia que cualquier persona intelectualmente honesta, ya sea creyente o escéptica, debe considerar.
Los seres humanos se enfrentan a un gran número de momentos moralmente relevantes. Si la probabilidad de pecar en cualquier momento es mayor que cero, el fracaso acumulativo se vuelve inevitable. Una vida sin pecado bajo supuestos estrictos y conservadores es estadísticamente extraordinaria y exige una explicación que vaya más allá de la naturaleza humana ordinaria.
Una vida sin pecado no es simplemente una afirmación bíblica. Es una imposibilidad matemática bajo estos supuestos, y esa imposibilidad respalda abrumadoramente el testimonio bíblico. Nos dice que Jesús no fue simplemente humano, sino verdadera e inequívocamente divino. Los cristianos siempre han creído esto, y la ciencia cognitiva moderna nos ayuda a ver por qué esta afirmación merece una seria consideración.
Cuando esta evidencia converge con otras líneas de testimonio, hace que la hipótesis de una naturaleza diferente y divina para Jesús sea la explicación más plausible para una vida sin pecado.
Kenneth Royal es el director de Investigación y Ciencia de Datos del MCAT en la Asociación de Colegios Médicos Estadounidenses.